El Catalán Soñador (Un Cuento de Independencia Ficción)

El catalán accidental soñaba que era un Catalán Excepcional.

Despojado de españolidades e históricas cargas opresoras, destacaba por su brillante singularidad y su mucho oropel. En la puerta de entrada de su casa alguien había colgado una gran estelada resplandeciente; en lugar de malos augurios de cenizos, se escuchaba una cancioncilla que repetía aquello de “tendrás riqueza, tendrás amor, tendrás amigos”, e interminables filas de compatriotas cantaban felices por la calle, celebrando la libertad recobrada.

Sin embargo, en sus jornadas cotidianas no había demasiada música. Ninguna bandera colgaba de la puerta y la realidad era más bien gris, a veces lamentable. Fuera del sueño, tan solo las ilusiones de un hombre corriente, lleno de afanes, modestos triunfos, algunas derrotas y con problemas para llegar a fin de mes. Y sobre todo, sin resplandores.

El catalán accidental soñaba que quería ser un Catalán Excepcional. Que alguien le acariciaba las mejillas, que sentía una leve presión de unas manos vagamente conocidas y que esas manos le entregaban su catalanidad y una bolsa de monedas de oro. No podía ver de quien eran, pero le hubiera gustado que pertenecieran a su madre, inmigrante y limpiadora de oficio, que odiaba la política tanto como amaba a su familia. Soñaba que con su primer sueldo de catalán recién emancipado y enriquecido compraba una casita tranquila a pie de playa para esa mujer que nunca había disfrutado del mar como debía, pero entonces abrió los ojos y solo pudo verse a sí mismo tirado en la cama de su apartamento, recién soñado. Afuera, el cielo de todos los días.

El catalán accidental soñaba que por fin era Catalán Excepcional, pero que aparte de ello, a él no le pasaba nada más. Y como estaba rodeado de recuerdos marchitos, de frases prometedoras, de imágenes desvaídas, de anhelos frustrados, seleccionaba vídeos de Internet y visualizaba aquellos momentos de arrobo popular entre gritos y banderas, repitiendo los antiguos llamamientos, los llamativos gestos y los lemas. Despertó para recordar que la fiesta había terminado y que en ninguna camiseta de la tierra prometida figuraba ni su nombre ni su dirección. A esas horas, todos andaban a lo suyo. Especialmente los de arriba.

El catalán accidental pensó que sería mejor seguir soñando, sólo por soñar que ya era un Catalán Excepcional. Intentó de nuevo cerrar los ojos, pero estos se le resistían. Intentó recurrir a la memoria, pero sólo acudían imágenes tan ordinarias como el cielo de afuera. Ese día descubrió como era el insomnio del Catalán Excepcional. O del No-Español.

Al cabo de unas horas, o de unos segundos, el catalán accidental se encontró soñando que era un ciudadano más, algo gris, acomodaticio y protestón. Que su madre no le acariciaba las mejillas y que se había esfumado para que le fuera imposible comprarle la casita marinera o compartir con ella las muchas celebraciones que debían ser celebradas. El catalán del sueño lloró por el abandono de su madre y por el rechazo de sus tan sentidos deseos. Decidió entonces buscar consuelo onírico en otra mujer más joven, que hubiera disfrutado del mar y llevara la fiesta bajo la piel. Pero la nueva mujer del sueño lo quería bien despierto y tuvo que dejar de soñarla. Antes, la quiso abrazar bajo las sábanas mientras le contaba los logros que había alcanzado, sin decirle que realmente eran los de otros. Pero ella, que no estaba para cuentos, se esfumó gritándole que ahí se quedaba con sus martingalas. Después de largo rato simulando un dolor inexistente, el catalán accidental que quería seguir soñando ser un Catalán Excepcional decidió no pensar más en ella.  

Cuando abrió los ojos, no podía recordar muy bien cómo era la independencia que había pergeñado en sueños (¡ah!, ¿pero era una independencia?). El descolorimiento y el silencio nocturnos le hacían tiritar y agobiarse. Tardó unos minutos en volver a dormirse, sumido en inquietudes. Fue entonces cuando resolvió que ese sueño de Catalán Excepcional no merecía tanto la pena de ser soñado pero que, de todas formas y puesto que no tenía nada mejor que hacer, permanecería en él, aunque con una variante: dedicándose a los números en lugar de a las proclamas.

Soñó que lo contaba todo. Ya que era un ciudadano de una nación reciente, cada quince minutos contaba los puntos de PIB y los millones que estaba ganando en su fulgurante y joven devenir. Empleos, puestos de trabajo, volúmenes de exportación…. A continuación trató de imaginar cuantos años podría disfrutar de esta bonanza y qué parte de ella le correspondería. Si seguía contando y soñando que era un Catalán Excepcional, podría disfrutar, sin ningún cargo de conciencia, de cualquiera de las grandezas inherentes a las mejores naciones e ir jugando a ser él mismo o a ser otro incluso mejor. De esta forma se ahorraría el insomnio de una vida demasiado normal, y ningún guardián de las esencias catalanas podría reprocharle nada.

Llegado a este punto, decidió soñar que era un catalán que se encaraba con Dios por haberle convencido de abogar en su nombre a favor de una incierta gloria patria, pues lo único que había conseguido era seguir viviendo igual que el resto de sus vecinos de casi todas partes. El Dios del sueño, compasivo, le daba la razón y le prometía (otro más, de nuevo) el cielo. Le otorgaba carta blanca para ser feliz desde ese instante hasta el fin de sus días, aunque no podría decirle con exactitud cuándo iba a ocurrir, pues estaba pactado que eso debía ser un secreto para todos los humanos, de momento. Y quedó tan convencido de las palabras de esta aparición divina, que por un momento pensó que quizás daba lo mismo estar soñando que despierto. O sea, que bien podía volver a abrir los ojos, ahora sí, sin temor. Pero cuando lo hizo y contempló por enésima vez el cielo rutinario a través de la ventana, recordó que para él no había promesas celestiales, porque hacía tiempo que andaba muy descreído.

Con tantos sueños y no-sueños, el catalán accidental que soñaba ser Catalán Excepcional empezaba a notarse escurridizo, raro, como de cera. Quizás porque todavía escuchaba el eco del “tendrás riqueza, tendrás amor, tendrás amigos”, aunque ya muy desvaído. Comenzaba a cansarse del personaje de su sueño y se dijo que lo iría matando poco a poco, o que en todo caso lo dejaría con la palabra en la boca o simplemente ridiculizaría sus patrañas. ¿Dentro o fuera del sueño? Ya no era capaz de decidir ni eso.

El catalán accidental que soñaba que era Catalán Excepcional cada vez tenía más dificultades para dejar de soñar. Hasta que un día varias arañas que habitaban en su techo le tejieron una red, pero no a modo de bandera, sino de cortina, cubriendo la ventana hasta tapar la ordinaria visión del cielo y atenuar los ruidos del exterior. Fue entonces cuando estuvo en condiciones de escuchar el timbre de su teléfono, que hacía rato que sonaba, y constatar que alguien le informaba de que no había cumplido sus obligaciones fiscales con la Nueva Hacienda, y de que procederían a embargarle. Tal vez incuso a desahuciarle.

El catalán accidental que soñaba ser Catalán Excepcional reconoció su nombre pero rechazó la deuda, alegando que quería seguir soñando. O quizás es que, en realidad, pretendía seguir visionando videos y participando mentalmente en aquellas maravillosas manifestaciones ciudadanas. De manera anónima, feliz, sin responsabilidades.

El catalán soñador había aprendido que todo aquello que soñaba, incluso una sola vez, le quedaba para siempre grabado en la memoria. Como si lo hubiera vivido. Y sin necesidad de sufrir el doble.