La comunicación estratégica: un reto ineludible del Estado

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Uno de los objetivos más importantes para cualquier estado democrático consiste en articular una comunicación estratégica (política, económica y social) que acompañe la acción gubernamental, tanto interna como externa. En este sentido, no son pocos los ciudadanos, analistas y periodistas que se preguntan sobre la labor que el estado español ha realizado para contrarrestar la ofensiva mediática de la Generalitat y su maquinaria afín durante el proceso secesionista que estamos sufriendo en España.

En mi nueva entrega para Agenda Pública reflexionamos sobre ello.

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Los efectos nocivos de una subida generalizada del salario mínimo en España

Hace unos días tuve el placer de darles a conocer a mi paisano Iván Aguilar, joven y brillante economista liberal y "thinknomic" de pro, traduciendo y compartiendo con ustedes un magnífico artículo suyo titulado "Más tecnología y menos construcción" , que tuvo muy buena acogida por mis lectores y por mis seguidores en Twitter.

Iván forma parte también de "Catalans Lliures", grupo de afanosos liberales catalanes independentistas que defienden, según sus palabras, "los valores de la libertad, la autonomía personal, la diversidad, la pluralidad, la ayuda mutua, el progreso, la paz y la tolerancia", elementos indispensables de lo que para ellos debería ser su anhelado "Estado Catalán", aunque para mí son valores universales y deseables para cualquier nación. De hecho, su ejercicio en Cataluña, muy pobre, no supone, por mucho que ellos lo deseen, un hecho diferencial con el resto de España. Unos y otros andamos escasos de valores liberales. Y creer, visto el presente percal, que en una Cataluña independiente ese espacio liberal tendría más cabida que en España , me parece cuando menos ingenuo. Pero ya se sabe, la juventud... 

No obstante, y con independencia de lo que yo pueda pensar sobre unicornios secesionistas, lo que escribe este grupo de jóvenes sobradamente preparados tiene mucho sentido y calidad, como por ejemplo el magnífico trabajo que hoy traduzco y comparto con ustedes sobre el salario mínimo. 

Temporalidad y salarios bajos

Lo primero que se analiza en el artículo es la definición de precariedad:

La precariedad del mercado laboral español estaría ligada a los salarios bajos de los trabajos poco cualificados. Pero precisamente el objetivo de la devaluación salarial que ha experimentado la economía española en los últimos años ha sido bajar los salarios para ganar competitividad. La precariedad, pues, no viene dada por los salarios bajos, sino por el exceso de contratos temporales y el gran número de horas no remuneradas. Echemos un vistazo al impacto del salario mínimo antes y después de la Gran Recesión en los contratos nuevos a tiempo completo en España (la línea vertical es el salario mínimo):
(Figura 1: Distribución de los salarios en los nuevos contratos a tiempo completo en España (2007 y 2012). Fuente: Marcel Jansen.)
Como se puede comprobar, la incidencia del SMI a tiempo completo es irrelevante. Vemos que la devaluación salarial en estos contratos ha desplazado la distribución salarial ligeramente hacia salarios inferiores.  Ahora añadimos los nuevos contratos a tiempo parcial: 
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(Figura 2: Distribución de los nuevos contratos a tiempo completo y parcial en España (2007 y 2012). Fuente: Marcel Jansen)
Como se puede apreciar en la Figura 2, el escenario cambia radicalmente. Vemos como el número de contratos a la izquierda del salario mínimo ha aumentado dramáticamente. Estos trabajadores son contratados a cambio de hacer horas no remuneradas o infraremuneradas en dinero B. El incremento de estos contratos hace bajar el salario nominal, justamente el objetivo de la devaluación salarial. ¿Quiere decir esto que el objetivo es aumentar la precariedad? No, no y no.
Cuando un Estado tiene moneda propia, las devaluaciones salariales se hacen vía tipo de cambio. Los trabajadores cobran el mismo salario pero las importaciones son más caras, de modo que se produce una pérdida generalizada de poder adquisitivo (es decir, caen los salarios reales). Este efecto se compensa a medio plazo con el incremento de exportaciones (mejora de la competitividad). Como algunos recordarán, en España este mecanismo fue ampliamente usado a principios de la década de los noventa.
En una Unión Monetaria (UM), sin embargo, no es posible devaluar la moneda, así que la devaluación se produce íntegramente vía salarios nominales. ¿Cuál es el problema? Pues que una bajada de los salarios nominales manteniendo intacto el SMI (o haciendo microsubidas) implica, de facto, un incremento importante del SMI relativo entre ambos períodos.
En una UM, pues, es obligado bajar el SMI cuando se opta por una devaluación salarial. En la Figura 2, esto equivale a desplazar la línea del SMI hacia la izquierda, lo que permite ajustar productividad y salarios y, consecuentemente, resulta innecesario obligar a hacer horas no remuneradas para ser contratado. En una UM, el equivalente a devaluar la moneda sin bajar el SMI sería limitar las exportaciones. Si miramos la proporción del SMI sobre la moda del salario nominal legal, veremos que éste ha aumentado entre 2007 y 2012. Por tanto, es incuestionable que el SMI relativo ha aumentado. Es por ello que los estudios sobre salario mínimo de Estados con autonomía monetaria no son aplicables a los Estados que forman parte de Uniones Monetarias, como es el caso del español. Por lo menos, hay que ser extremadamente cuidadoso a la hora de extrapolar.

Efectos no deseados. 

Tras su brillante introducción, Iván y sus colaboradores pasan a describirnos de manera cristalina los efectos perniciosos de una subida relativa del SMI con respecto a los salarios nominales:

La subida del SMI relativo provoca la aparición de economía sumergida, vía horas no remuneradas y reducciones de jornadas remuneradas. Las consecuencias son dramáticas: aumento de la rigidez, menor contratación, caída en picado de la recaudación y aumento del gasto público. Todo esto lo hemos vivido. Aumentar el SMI, por tanto, llevaría asociados aumentos en la temporalidad y, ergo, un incremento de la precariedad. Cuanto mayor sea el aumento, más graves serán las consecuencias. Ahora bien, como se distribuye esta precariedad?
Dos colectivos son especialmente sensibles: inmigrantes y jóvenes (...) 
El efecto del salario mínimo sobre el paro juvenil está tan ampliamente documentado que incluso hay consenso entre los especialistas: el SMI aumenta el paro juvenil y no tiene ningún efecto sobre el abandono escolar. La solución para reducir el impacto negativo del salario mínimo sobre el paro juvenil es introducir un salario mínimo para jóvenes sensiblemente inferior al normal, como recientemente ha propuesto el economista Marcel Jensen (ver artículo aquí). 
Actualmente, ¿qué incentivos tiene un empresario para invertir en la formación de un joven? Es mucho más eficiente, y genera más valor añadido bruto, contratar un adulto, sea inmigrante o no. Reducir el SMI para jóvenes, más que la reducción del SMI para adultos, permitiría que la empresa invirtiera en la formación de estos jóvenes, que más adelante podrían competir con los adultos. En trabajos intensivos en baja formación, la competencia se produce en las habilidades. Un adulto tiene más habilidades que un joven, sencillamente porque tiene más experiencia. Hay muchos países que aplican esta estructura dual de SMI, escalando progresivamente el salario mínimo para los jóvenes a medida que ganan experiencia. Es el caso de los Países Bajos (caso paradigmático), el Reino Unido, Francia o Estados Unidos.
(...) La teoría (y la evidencia empírica) dice que el abandono escolar es sensible a la variación del salario nominal relativo; es decir, cuando el salario de los que no tienen Bachillerato cambia respecto a los trabajadores con Bachillerato. La relación es negativa: cuando el salario de nivel educativo más bajo aumenta respecto al inmediatamente superior, el abandono escolar cae. El SMI es una medida absoluta, no relativa, del salario nominal. 
Los primeros estudios que se publicaron sobre la cuestión, entre ellos uno de Mattila y Orazi (...) indican que un salario mínimo más alto provoca un aumento en el número de escolarizaciones. Sin embargo, con el tiempo, la mayoría de estudios han apuntado hacia la teoría contraria. David Neumark, un economista de referencia en el ámbito del salario mínimo, ha estudiado la cuestión en Estados Unidos con varios autores. En esta tabla, extraída de su libro, se pueden observar los resultados de sus investigaciones.
Resumiendo: los resultados indican que un salario mínimo más alto reduce la probabilidad de que aquellos jóvenes que trabajan y estudian a la vez conserven esta situación, e incrementa la probabilidad de que terminen dejando la escuela para trabajar, o se conviertan ni-nis (intenten encontrar trabajo , sin éxito). Con el incremento del SMI también se reducen las probabilidades de que aquellos jóvenes que trabajan y que ya no van a la escuela vuelvan a escolarizarse, y por otro lado aumenta la probabilidad de que se conviertan ni-nis. Por último, los ni-nis ven aumentadas sus probabilidades de seguir siéndolo una vez se sube el salario mínimo.
(...)
Aumentar el salario mínimo mantendría o aumentaría el abandono escolar y aumentaría el paro juvenil, exactamente lo que ha pasado durante la Gran Recesión (el SMI ha aumentado de facto, y lo que se necesitaba era bajarlo, no mantenerlo). Millones de trabajadores cobrarían lo mismo pero trabajarían muchas menos horas. Miles de jóvenes hubieran reducido el tiempo necesario para encontrar su primer trabajo.
Respecto al tema de la inmigración, ésta aumenta cuando la demanda de trabajo (empresas) desborda la oferta (trabajadores), que es exactamente lo que ha pasado, ya que durante la burbuja el empleo creció por encima de la población:

(Figura 3: Evolución de la población, población ocupada y población activa en España (2002 hasta 2016). Índice 100 = 2002. Fuente: INE. )

Rigideces

El autor destaca en la parte final de su trabajo un factor tan importante como el de la rigidez de los mercados laborales. Así:

El consenso entre especialistas es que en economías avanzadas (los emergentes son otra historia), los mercados de trabajo rígidos generan lo que llamaríamos el "Asimetría del Terror": en ciclos expansivos la creación se modera y en ciclos recesivos la destrucción es explosiva ; en lugar de ajustar vía despidos, se cierran empresas enteras.
Aumentar el SMI no tiene ningún argumento a favor en España y sí un montón en contra de que, por motivos de extensión, no comentaremos. España (y Cataluña) tiene un mercado excesivamente rígido; lo que hay es reducir la rigidez, no aumentarla. Volviendo al gráfico de contratos a tiempo completo y tiempo parcial (Figuras 1 y 2), si se traslada el SMI hacia la derecha y se calcula el área entre los dos SMI (el viejo y el nuevo) se podrá cuantificar el aumento de la precariedad y las horas no remuneradas.
Un reciente trabajo sobre el impacto del aumento del paro da resultados típicos de mercados laborales rígidos. El aumento del paro impacta negativamente en el rendimiento escolar. Además, el impacto es mucho mayor si el parado es de edad avanzada, típico de los contratos completos indefinidos con grandes indemnizaciones. No hay ninguna indemnización que compense los problemas sobre el rendimiento escolar o de salud mental asociados en paro. Para estos parados, la única solución es un trabajo. Por ello, muchas socialdemocracias sencillamente han eliminado las indemnizaciones y también el salario mínimo centralizado. La excepción son los Países Bajos, que introdujo un salario mínimo juvenil de 515 €.
La reducción de la temporalidad es tan necesaria como el aumento de la parcialidad. El camino para lograrlo no es inventarse teorías que no existen, sino adoptar las medidas que sabemos que funcionan. Esto pasa por: reducir el salario mínimo, introducir un SMI para jóvenes, abrir fronteras y acoger refugiados, hacer una reforma institucional que reduzca la corrupción de partidos y sindicatos y reducir las indemnizaciones.

Para ello, como bien concluyen Iván y su equipo, debemos invertir directamente en protección social y "no en líneas de metro, tranvías, AVEs o carreteras infrautilizadas y que impactan negativamente en la productividad del trabajo y los salarios", reduciendo a su vez las barreras al comercio.

¿Qué piensan ustedes? A mí, francamente, me parecen unas propuestas sensatas y excelentemente documentadas, que cualquier gobierno responsable debería considerar.

Más tecnología y menos construcción

El otro día estuve leyendo un muy interesante artículo en catalán de Iván Aguilar, brillante economista y analista al que tengo en gran aprecio pese a nuestras muchas discrepancias sobre el devenir de nuestra tierra natal, Cataluña.

Iván, además de ser una persona preparadísima, es una incansable ardilla de la macroeconomía, siempre inquieto, siempre royendo los datos de tabla en tabla, de gráfico en gráfico, de estudio en estudio, siempre preguntándose cosas y explicándolas de manera clara y potente. Comparto con él un incansable afán investigador, una misma visión liberal de la economía y la pertenencia a Thinknomics,  variopinto grupo de analistas, empresarios, traders, académicos e inversores arrejuntados  por el azar de Twitter (aquí nuestro perfil) con el afán de debatir y desgranar diariamente el grano económico de la paja mediática y política.  

El artículo en cuestión, titulado "Més tecnologia i menys construcció"  ("Más tecnología y menos construcción") fue publicado en VIAempresa, diario empresarial de referencia en Cataluña,  y constituye la continuación de otra muy interesante entrada titulada "L'impacte de la construcció en un país de pimes" ("El impacto de la construcción en un país de pymes"), en la cual  Iván ya nos apuntaba:

"Durante el periodo 1997-2008 España licitó, en valor absoluto, más obra civil que Estados Unidos y Alemania juntos. La obra civil absorbe muchos más recursos financieros que ninguna otra actividad productiva, así que el efecto perverso es doble: no sólo provoca el aumento de los precios residenciales sino que capta una parte importante de los recursos financieros disponibles. El resultado es la aparición de los, en términos técnicos, lazy banks, es decir, el sector bancario financia mayormente actividades económicas que proporcionan rentas garantizadas como fueron las hipotecas y la obra civil. 

Cuando el sector público construye una línea de metro, por poner un ejemplo, los bancos saben que los precios de los pisos del trayecto aumentan notablemente. Es por ello que conceden crédito para construir también pisos: saben que el aumento de la población conllevará hospitales, escuelas y todo tipo de obra pública que aumentará sus beneficios. Por qué los bancos deberían asumir riesgo financiando tecnología o industria? No tienen ningún incentivo: a corto plazo lo más seguro es financiar hipotecas y obra civil."

Se trata de un fenómeno que se agrava, además, por el tamaño de las empresas de nuestro país, en su mayoría pequeñas y medianas. Ellas son las más afectadas por este proceso de captación de crédito, por lo que acaban sufriendo restricciones financieras permanentes.

Aunque la orientación de ambos artículos quiere ser regional, sus análisis y conclusiones son extensivos a la realidad económica española.  Hecha la introducción, les dejo con Iván.

 

Más tecnología y menos construcción

(Por Iván Aguilar)

El papel de la regulación y de la inversión pública en una economía de mercado tiene el objetivo de incrementar la productividad de los factores de producción, que son el capital y el trabajo. Cuando otros leit motiv entran en juego, el coste es elevado y resulta fácil que provoquen una caída importante y sostenida de la productividad y, por tanto, de los salarios y los beneficios empresariales. Las consecuencias no se limitan al canal de inversión de las pymes, sino que alteran todas las reglas conocidas de asignación del capital.

Los sectores que son intensivos en crédito bancario y, por tanto, sensibles a los tipos de interés, sufren una gran devastación a medida que los precios residenciales aumentan (y con ellos, los tipos de interés); el resultado es que este capital huye hacia sectores no dependientes del sector financiero como es el turismo, el ocio y servicios asociados. La investigación científica y la innovación sufren muchas dificultades, ya que son intensivas en el uso de recursos bancarios y financieros como la industria o las tecnologías de la información. La lección es que la ciencia y la tecnología necesitan la competencia para su correcto desarrollo y que lograr estándares elevados no es sólo un tema de dinero, sino también de incentivos y buena regulación.

Un giro a la inversión

Los cambios estructurales no son rápidos ni sencillos de realizar pero creo que son necesarias algunas medidas para corregir estos desequilibrios. La primera es repensar toda la política de inversión pública. Las infraestructuras son vitales sólo si responden a una demanda existente no satisfecha, pero su impacto sobre el PIB es negativo vía productividad si se limitan a trasladar demanda de un lugar a otro. En nuestro país las infraestructuras de este último tipo son de las más habituales y el impacto sobre las empresas catalanas es muy pernicioso. La inversión en infraestructuras urbanas tiene un impacto enorme sobre los precios de la propiedad residencial y, como hemos comprobado tras la Gran Recesión, un efecto muy pernicioso sobre las finanzas públicas y los fundamentales macroeconómicos catalanes.

Los países que acreditan niveles de vida más elevados hacen contención de la obra civil y son más intensivos en gasto público corriente, al tiempo que tienen una regulación que incentiva la competencia y la flexibilidad. La financiación es un bien escaso y un abuso en un sector implica la reducción en el resto. La regulación no debe impedir que el capital vaya a los sectores con poco valor añadido como la construcción y la obra civil. Cabe destacar que los efectos no se reducen a la oferta de crédito sino que la demanda también se ve profundamente afectada. El aumento de la proporción de la renta que las familias gastan en comprar o alquilar vivienda estresa el resto de sectores y la estructura económica.

El tamaño de las empresas es una barrera importante para impulsar con fuerza el sector tecnológico e industrial debido a la ausencia de economías de escala. Uno de los grandes debates actuales es sobre qué hay que hacer para tener más industria y menos construcción. La política de austeridad fiscal ha reducido significativamente el gasto en obra civil y no es extraño que, en combinación con los bajos tipos de interés, la industria catalana esté en plena expansión en los últimos años. La mala noticia es que las reformas regulatorias en materia de competencia han sido inexistentes y que, por tanto, esta industria se fundamenta en empresas demasiado pequeñas que quebrarán enseguida que el ciclo cambie de signo. El reto es, pues, conseguir que estas empresas crezcan y estén fuertemente capitalizadas y sean resistentes durante las recesiones. Esto sólo lo podemos conseguir mediante la contención del sector de la construcción y vía regulación.

La financiación que saca el tranvía por la Diagonal

Una política de inversión pública conservadora en obra civil permitirá ayudar a contener los precios inmobiliarios y obligará al sistema financiero a reducir su dependencia del sector público. Para hacernos una idea: el sistema bancario español o italiano tiene un 9% de deuda pública en su balance por un 3% en Alemania. En los países del centro o del norte de Europa lo más habitual es no llegar al 2%. Este diferencial supone toneladas de financiación para las empresas y mucho más valor añadido, y es que el coste de oportunidad de la obra civil no sólo es elevado sino que perdura durante muchos años.

En este sentido, no parece que nada haya cambiado, debates como el del tranvía de la Diagonal sólo incentiva a los bancos a denegar crédito al sector industrial y tecnológico y a esperar estas políticas que les aseguran rentas sin riesgo. El gobierno municipal haría bien no haciendo ninguna de las dos obras porque ambas están concebidas para impactar sobre el precio de la vivienda y ninguna de las dos responde a una demanda sin satisfacer. Ambas tienen un impacto negativo sobre el PIB catalán a medio plazo.

Por otra parte, la regulación. ¿Qué tipo de regulación necesita Cataluña? No hay que inventar demasiado. Las barreras y los controles tienen costes de transacción muy elevados en términos de economía sumergida, así que la transparencia y la libertad económica son obligadas y, además, aumentan considerablemente la recaudación. La literatura es muy clara al respecto: el mercado laboral y el sistema fiscal son muy anormales y excesivamente rígidos. porque en los ciclos recesivos resultan una carga muy pesada para las pymes. Cerrar suele ser mucho más barato que aplicar planes de viabilidad. Los sectores llamados estratégicos destacan todos por tener un coste elevado, tanto para el sector privado como por el público. Energía, Infraestructuras, Transporte, Telecomunicaciones o Finanzas son ejemplos bien conocidos y una barrera importante para el crecimiento de las pymes. Al background institucional formal hay que añadir también el informal.

No necesitamos más empresas

Cataluña (y España) se caracteriza por tener empresas mucho más pequeñas que en los países donde los sectores manufacturero y tecnológico están bien implantados. Concretamente, la diferencia radica en la ausencia de empresas medianas y grandes. Como he comentado antes, las pymes no crecen y la relación activos/fondos propios es demasiado elevada. Hay que incentivar el crecimiento del patrimonio neto y para conseguirlo, la única forma efectiva conocida es la flexibilidad de los mercados. En este sentido, el discurso mainstream sobre el emprendimiento no es el mejor, porque no necesitamos más microempresas sino que las existentes puedan crecer y ser competitivas.

En definitiva, ningún país rico del mundo lo es a base de impulsar el precio de la vivienda y de imponer barreras a la actividad económica. Las casi inexistentes reformas estructurales tras la Gran Recesión suponen que el cambio de la estructura productiva de la economía catalana iniciado en 2013 se revertirá tan pronto como las restricciones fiscales desaparezcan o venga otra recesión.

 

Diversas reflexiones a vuelatuit

Durante las últimas semanas, muy centradas en el desarrollo de las elecciones catalanas, sus resultados y efectos,  no he dejado de comentar en mi timeline de Twitter este y otros temas de posible interés. A continuación pueden encontrar recopilados algunos hilos de conversación, por si les apetece participar en los mismos con sus comentarios o críticas:

- Ecosistema financiero de las startups en USA

#DUI: Per què li diuen amor si el que volen dir és sexe? (en catalán)

27S: Impresiones a vuelatuit de una jornada electoral apasionante

- Debatiendo sobre la recuperación del empleo de la era Obama

  

El Catalán Soñador (Un Cuento de Independencia Ficción)

El catalán accidental soñaba que era un Catalán Excepcional.

Despojado de españolidades e históricas cargas opresoras, destacaba por su brillante singularidad y su mucho oropel. En la puerta de entrada de su casa alguien había colgado una gran estelada resplandeciente; en lugar de malos augurios de cenizos, se escuchaba una cancioncilla que repetía aquello de “tendrás riqueza, tendrás amor, tendrás amigos”, e interminables filas de compatriotas cantaban felices por la calle, celebrando la libertad recobrada.

Sin embargo, en sus jornadas cotidianas no había demasiada música. Ninguna bandera colgaba de la puerta y la realidad era más bien gris, a veces lamentable. Fuera del sueño, tan solo las ilusiones de un hombre corriente, lleno de afanes, modestos triunfos, algunas derrotas y con problemas para llegar a fin de mes. Y sobre todo, sin resplandores.

El catalán accidental soñaba que quería ser un Catalán Excepcional. Que alguien le acariciaba las mejillas, que sentía una leve presión de unas manos vagamente conocidas y que esas manos le entregaban su catalanidad y una bolsa de monedas de oro. No podía ver de quien eran, pero le hubiera gustado que pertenecieran a su madre, inmigrante y limpiadora de oficio, que odiaba la política tanto como amaba a su familia. Soñaba que con su primer sueldo de catalán recién emancipado y enriquecido compraba una casita tranquila a pie de playa para esa mujer que nunca había disfrutado del mar como debía, pero entonces abrió los ojos y solo pudo verse a sí mismo tirado en la cama de su apartamento, recién soñado. Afuera, el cielo de todos los días.

El catalán accidental soñaba que por fin era Catalán Excepcional, pero que aparte de ello, a él no le pasaba nada más. Y como estaba rodeado de recuerdos marchitos, de frases prometedoras, de imágenes desvaídas, de anhelos frustrados, seleccionaba vídeos de Internet y visualizaba aquellos momentos de arrobo popular entre gritos y banderas, repitiendo los antiguos llamamientos, los llamativos gestos y los lemas. Despertó para recordar que la fiesta había terminado y que en ninguna camiseta de la tierra prometida figuraba ni su nombre ni su dirección. A esas horas, todos andaban a lo suyo. Especialmente los de arriba.

El catalán accidental pensó que sería mejor seguir soñando, sólo por soñar que ya era un Catalán Excepcional. Intentó de nuevo cerrar los ojos, pero estos se le resistían. Intentó recurrir a la memoria, pero sólo acudían imágenes tan ordinarias como el cielo de afuera. Ese día descubrió como era el insomnio del Catalán Excepcional. O del No-Español.

Al cabo de unas horas, o de unos segundos, el catalán accidental se encontró soñando que era un ciudadano más, algo gris, acomodaticio y protestón. Que su madre no le acariciaba las mejillas y que se había esfumado para que le fuera imposible comprarle la casita marinera o compartir con ella las muchas celebraciones que debían ser celebradas. El catalán del sueño lloró por el abandono de su madre y por el rechazo de sus tan sentidos deseos. Decidió entonces buscar consuelo onírico en otra mujer más joven, que hubiera disfrutado del mar y llevara la fiesta bajo la piel. Pero la nueva mujer del sueño lo quería bien despierto y tuvo que dejar de soñarla. Antes, la quiso abrazar bajo las sábanas mientras le contaba los logros que había alcanzado, sin decirle que realmente eran los de otros. Pero ella, que no estaba para cuentos, se esfumó gritándole que ahí se quedaba con sus martingalas. Después de largo rato simulando un dolor inexistente, el catalán accidental que quería seguir soñando ser un Catalán Excepcional decidió no pensar más en ella.  

Cuando abrió los ojos, no podía recordar muy bien cómo era la independencia que había pergeñado en sueños (¡ah!, ¿pero era una independencia?). El descolorimiento y el silencio nocturnos le hacían tiritar y agobiarse. Tardó unos minutos en volver a dormirse, sumido en inquietudes. Fue entonces cuando resolvió que ese sueño de Catalán Excepcional no merecía tanto la pena de ser soñado pero que, de todas formas y puesto que no tenía nada mejor que hacer, permanecería en él, aunque con una variante: dedicándose a los números en lugar de a las proclamas.

Soñó que lo contaba todo. Ya que era un ciudadano de una nación reciente, cada quince minutos contaba los puntos de PIB y los millones que estaba ganando en su fulgurante y joven devenir. Empleos, puestos de trabajo, volúmenes de exportación…. A continuación trató de imaginar cuantos años podría disfrutar de esta bonanza y qué parte de ella le correspondería. Si seguía contando y soñando que era un Catalán Excepcional, podría disfrutar, sin ningún cargo de conciencia, de cualquiera de las grandezas inherentes a las mejores naciones e ir jugando a ser él mismo o a ser otro incluso mejor. De esta forma se ahorraría el insomnio de una vida demasiado normal, y ningún guardián de las esencias catalanas podría reprocharle nada.

Llegado a este punto, decidió soñar que era un catalán que se encaraba con Dios por haberle convencido de abogar en su nombre a favor de una incierta gloria patria, pues lo único que había conseguido era seguir viviendo igual que el resto de sus vecinos de casi todas partes. El Dios del sueño, compasivo, le daba la razón y le prometía (otro más, de nuevo) el cielo. Le otorgaba carta blanca para ser feliz desde ese instante hasta el fin de sus días, aunque no podría decirle con exactitud cuándo iba a ocurrir, pues estaba pactado que eso debía ser un secreto para todos los humanos, de momento. Y quedó tan convencido de las palabras de esta aparición divina, que por un momento pensó que quizás daba lo mismo estar soñando que despierto. O sea, que bien podía volver a abrir los ojos, ahora sí, sin temor. Pero cuando lo hizo y contempló por enésima vez el cielo rutinario a través de la ventana, recordó que para él no había promesas celestiales, porque hacía tiempo que andaba muy descreído.

Con tantos sueños y no-sueños, el catalán accidental que soñaba ser Catalán Excepcional empezaba a notarse escurridizo, raro, como de cera. Quizás porque todavía escuchaba el eco del “tendrás riqueza, tendrás amor, tendrás amigos”, aunque ya muy desvaído. Comenzaba a cansarse del personaje de su sueño y se dijo que lo iría matando poco a poco, o que en todo caso lo dejaría con la palabra en la boca o simplemente ridiculizaría sus patrañas. ¿Dentro o fuera del sueño? Ya no era capaz de decidir ni eso.

El catalán accidental que soñaba que era Catalán Excepcional cada vez tenía más dificultades para dejar de soñar. Hasta que un día varias arañas que habitaban en su techo le tejieron una red, pero no a modo de bandera, sino de cortina, cubriendo la ventana hasta tapar la ordinaria visión del cielo y atenuar los ruidos del exterior. Fue entonces cuando estuvo en condiciones de escuchar el timbre de su teléfono, que hacía rato que sonaba, y constatar que alguien le informaba de que no había cumplido sus obligaciones fiscales con Hacienda, y de que procederían a embargarle. Tal vez incuso a desahuciarle.

El catalán accidental que soñaba ser Catalán Excepcional reconoció su nombre pero rechazó la deuda, alegando que quería seguir soñando. O quizás es que, en realidad, pretendía seguir visionando videos y participando mentalmente en aquellas maravillosas manifestaciones ciudadanas. De manera anónima, feliz, sin responsabilidades.

El catalán soñador había aprendido que todo aquello que soñaba, incluso una sola vez, le quedaba para siempre grabado en la memoria. Como si lo hubiera vivido. Y sin necesidad de sufrir el doble.