15 lecciones directivas aprendidas en el manual no escrito de la experiencia

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Hace tiempo que me venía rondando en la cabeza escribir la entrada que hoy comparto con ustedes. No es la primera vez que trato temas de liderazgo, organización y gestión en este blog. Aquí hemos comentado las excelentes reflexiones de Colin Powell al respecto, que dieron lugar a valiosos intercambios con los lectores. También hemos apuntado lo que NO es liderazgo, estableciendo los cimientos básicos de lo que debe constituir una buena jefatura, antes de lanzarnos a teorizar. Proporcionamos asimismo consejos sencillos para organizarnos mejor en nuestro trabajo y gestionar adecuadamente la ingente cantidad información que cualquier profesional con responsabilidades directivas recibe cada día.

Las quince lecciones aprendidas que leerán a continuación (tengo más) no provienen de ningún manual al uso; son el resultado de décadas de experiencia propia y ajena, en todo el rango del escalafón profesional. Es una selección personal de recomendaciones básicas para una dirección más efectiva, que funcionan si se aplican de manera sistemática, disciplinada y con sentido común. Por supuesto, y como dice el refrán, cada maestrillo tiene su librillo, pero mis mejores jefes, aquellos más apreciados por su gente y que mejores resultados obtenían, las llevaban a cabo en mayor o menor medida, ya sea de forma inconsciente o con conocimiento de causa. Espero que les sirvan tanto como a mí.

(1) Cuando llegues a un nuevo puesto en sustitución de otro compañero, aprovecha el tiempo de relevo (si lo tienes) para presentarte a todos sus interlocutores clave. En lugar de empezar a construir tu red desde cero, aprovecha los contactos de quienes te han precedido: es bueno para ti, y a la vez es bueno para tu organización, ya que denota continuidad de esfuerzo y compromiso corporativo.

(2) Actualiza tu biografía en todas las ubicaciones corporativas donde ésta figure y en tus perfiles profesionales de redes sociales. Pide a tus subordinados que lo hagan también en cuanto ocupes el puesto. Revísala periódicamente.

(3) Prepara y mantén actualizado un calendario de las actividades relevantes de tu organización en el medio y largo plazo, a modo de planeamiento estratégico que pueda ser más tarde analizado y evaluado. Cada actividad debería tener idealmente asignada una persona de contacto. El calendario debe ser accesible para todos los miembros del equipo. Mantente abierto a sugerencias y cambios. No sobrecargues de reuniones a tu personal, y asegúrate de que éstas sean breves y efectivas.

(4) Los puntos de acceso a tu oficina principal (telefónico, web, email, recepción) son un asunto al que debes prestar la máxima atención: ¿Quién es la persona que responde a las llamadas? ¿Está correctamente identificada? ¿Quién le cubre en su ausencia? ¿Qué ocurre cuando la oficina está cerrada? ¿Quién revisa y distribuye el buzón corporativo? ¿Hay teléfonos de contacto de emergencia? ¿Existen instrucciones escritas y actualizadas al respecto?

(5) Tarjetas de visita: desde el minuto cero. Por las dos caras: una en tu idioma y la otra en inglés. Sé generoso en impresión y distribución.

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(6) Conoce la misión de tu organización y tu misión dentro de ella. Comunica dicha misión, ya sea de palabra o de obra, en cada interacción relevante en la que participes.

(7) Desarrolla tu propia visión directiva y difúndela en todo tu departamento. Hazla visible en tus documentos estratégicos, tráela a colación en tus conversaciones. Una parte fundamental en dicha visión es la descripción clara de tus expectativas como jefe. Comunica, comunica y comunica.

(8) No olvides las redes sociales. Separa la parte corporativa de la personal, pero no descuides ninguna de las dos. Estamos en el siglo XXI.

(9) No permanezcas detrás de tu mesa. Construye relaciones personales, tanto internas como externas. El teléfono y el correo electrónico no son suficientes en el caso de tus contactos principales: hay que mirarse, escucharse y medirse. Si eres introvertido o tímido o socialmente perezoso, supéralo. Alguien te está pagando para hacer tu trabajo de la mejor forma posible, y relacionarse contribuye a ello. Y recuerda: SIEMPRE hay tiempo.

(10) Desde el primer día, preocúpate por conocer a tu personal, más allá de la descripción de su puesto de trabajo. Necesitas tener un retrato fiel de ellos y ellas, no su foto de perfil. Concierta entrevistas breves y aprovecha tiempos muertos para ponerte al día. Un café y una charla hacen maravillas. No hace falta saberlo todo, pero sí debes estar al tanto de su evolución profesional y, en lo posible, personal. Felicita en público y corrige en privado. Mentoriza personalmente cuando sea necesario. Son TU gente.

(11) Facilita (pero no impongas) reuniones periódicas informales con tus trabajadores y compañeros, así como con tus clientes/interlocutores más importantes. Tu casa, una salida al campo, unas cervezas, una cena… De vez en cuando, hay que encontrarse en otros terrenos más allá del ambiente laboral.

(12) Respeta y fomenta las tradiciones de la organización y las del equipo: efemérides, festividades, recibimientos y despedidas, cumpleaños, días especiales, bromas, regalos, amigos invisibles, competiciones deportivas, aperitivo de los viernes… Los usos y costumbres formales e informales tienden a perderse en la vorágine del afán diario. Nada define tanto a una organización y estimula el orgullo de pertenencia como el respeto a esas tradiciones. No somos robots.

(13) Si quieres dedicar un tiempo todos los días para planificar en solitario, hacer deporte, reflexionar o revisar el correo, lo mejor es fijarlo en tu calendario personal e informar al departamento de que pretendes seguirlo a rajatabla, para que nadie te convoque a reuniones, planifique eventos u organice visitas durante dicho período. Mano de santo. Corolario: respeta tu tiempo, pero también el tiempo de los demás. Para ello, basta una buena planificación (ver punto 3).

(14) Crea y mantén al día listas de reacción rápida ante emergencias personales o profesionales, incidentes de seguridad, eventos críticos, etc.: quién, cómo, cuándo y dónde. Las listas deben ser claras, sencillas y fácilmente accesibles por todos. Los desastres ocurren, y hay que estar preparado. Ello significa también adiestramiento. Enseñar y aprender nunca es tiempo perdido. Repito: enseñar y aprender.

(15) Establece claramente cuáles son tus necesidades críticas de información como responsable de la oficina/departamento: aquellos elementos que debes conocer en todo momento, ya sea en horario de trabajo o fuera de él. Una pista: NO TODO LO QUE OCURRE EN TU ENTORNO SON NECESIDADES CRÍTICAS DE INFORMACIÓN. Hay que elegir, priorizar y delegar en tus subordinados la gestión del resto de acaecimientos. Mantén un buen registro.

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Como recomendación final: sé exigente, delega responsabilidades y pide cuentas, pero no pierdas nunca la educación, la cordialidad y el respeto por tu equipo.

Never surrender.





Calidad institucional y progreso económico en España: análisis y propuestas

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“El reto de mejorar la calidad de las instituciones de gobernanza no es trivial puesto que incluye aspectos muy diversos que van más allá del control de la corrupción y que abarcan cuestiones como la fortaleza de los organismos de control, la calidad regulatoria, la eficiencia administrativa, la agilidad del sistema judicial, la transparencia del sector público y el buen desempeño del gobierno en la prestación de servicios públicos. En todo caso, y además de por razones éticas y políticas, la mejora de la calidad de la gobernanza debe constituir una pieza clave de la estrategia de desarrollo de la economía española a largo plazo.”

Parece mentira que no se le de divulgación a trabajos tan completos como el que resumo en este hilo. Lo tiene todo: investigación, diagnóstico y propuestas de mejora de nuestra calidad institucional. Una guía de actuación idónea para cualquier partido que se precie de reformista.


El alquiler de vivienda en España: es hora de innovar

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Mi última colaboración en Agenda Pública trata un tema de máxima actualidad. Ahora que hablamos tanto de solidaridad social y generacional, reducir las dificultades de acceso a la vivienda a nuestros jóvenes y a nuestros conciudadanos menos afortunados sería un ejemplo del que podríamos sentirnos muy orgullosos.

Leer artículo completo.

Soñando en Gibraltar

Esta es la historia de un sueño cierto.

Recuerdo que me hallaba en Gibraltar, era de día y lucía un sol radiante. Llevaba en la mano una raqueta y una pelota de ping pong mientras ascendía por un pedregal. No me pregunten por qué deduje que aquello era Gibraltar. En los sueños uno no se cuestiona esas cosas: simplemente se saben. Tampoco estaba claro el propósito de acarrear la raqueta y la pelota. Tal vez una mesa y un contrincante desconocido me esperaban en la cima para jugar un partido al aire libre con vistas al Estrecho, entre macacos curiosos. Bueno, esta última reflexión es una mera conjetura que no formaba parte de mi sueño.

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El caso es que subía con dificultad y sin pensar en nada, concentrado en el ascenso, hasta que se me cayó la pelota, que se alejó rebotando cuesta abajo con ese sonido inconfundible de las bolas de ping pong. Era, además, el único sonido audible en ese momento. Plic. Plac. Plic. Plac. Plic. Plic. Plac. La caída terminaba al cabo de unos metros en una poza de agua cristalina, pero la pelota, en lugar de flotar, se hundió inmediatamente con un rotundo plof, como si fuera una esfera de plomo macizo. Otra de las particularidades de los sueños es que cada uno tiene sus propias leyes físicas.

Aunque la poza parecía profunda, podía divisar claramente la pelota reposando en el fondo, gracias a la extraordinaria transparencia del agua. Descendí hasta el borde y me agaché para tocar la superficie. Aquel líquido, que tenía la cualidad del vacío sin serlo, no estaba ni frío ni caliente; resultaba raro pero agradable al tacto. Me desnudé sin aprensión, dispuesto a bucear y rescatar la bola. Esta vez mi capuzón no hizo ruido alguno, fue igual que sumergirme en un charco de silencio. Siempre he sido buen nadador y en el sueño no había perdido tal habilidad, así que alcancé la pelota en pocas brazadas. No tenía la densidad del plomo, pero seguía sin flotar. Lo asumí sin extrañeza, demorándome unos instantes en el fondo. Miré a mi alrededor. Nada había allí reseñable salvo una paz que me resultaba ominosa. Tenía que salir y seguir subiendo por el peñón. 

Al emerger de la poza, mi ropa había desaparecido. Fue una mera constatación, ni siquiera pensé en la causa ni en los posibles culpables. Solo me preocupaba la desnudez; en tales circunstancias, no podía proseguir. Decidí buscar ayuda y empecé a descender, en cueros y con las rocas lastimándome los pies. Para mi alivio, conseguí llegar pronto a un chamizo con hechuras de chiringuito playero. No puedo afirmar que hubiera playa, porque mi atención estaba totalmente centrada en sus ocupantes, un grupo de chicas jóvenes y bonitas que parecían estar celebrando una despedida de soltera. Bailaban, reían y cantaban en bañador al son de una música indeterminada. Llevaban el pelo adornado con diademas nupciales y bebían cerveza. Me acerqué y saludé con cierta vergüenza, medio oculto tras una de las perchas de madera que sostenían el entoldado. Me miraron sin sorpresa ni aprensión, manteniendo el espíritu festivo. No me preguntaron nada, sólo sonrieron, como si mi presencia allí fuera lo más natural del mundo.

“Quiero encontrar un poco de ropa y llamar para que me vengan a recoger”, pedí. “Ropa no tenemos salvo la poca que llevamos puesta”, apuntó una de ellas, “pero te podemos prestar un teléfono, incluso acercarte donde quieras. Y también invitarte a una cerveza”. Sonreí encantado y les agradecí el detalle. “Con la llamada y la cerveza bastará”, respondí. Me alcanzaron una Coronita helada y un teléfono móvil de pantalla enorme, embutido en una aparatosa funda de pedrería. Tecleé feliz el número de casa. Estaba ya sonando el tono de llamada, cuando me di cuenta de algo: me hallaba completamente desnudo, en un desconocido chiringuito de Gibraltar (¿?), en medio de una despedida de soltera, bebiendo y rodeado de chicas guapas con ganas de fiesta. La pala y la pelota de ping pong habían desaparecido de la escena.

“¿Cariño, eres tú?”, escuché al otro lado de la línea.

Sólo entonces comprendí que el sueño acababa de terminar y estaba dejando paso a una casi segura pesadilla.   

Lecturas de verano 2018

A Library by the Tyrrhenian Sea, 2018 by Ilya Milstein. Ilustración descubierta gracias a @molinos1282

A Library by the Tyrrhenian Sea, 2018 by Ilya Milstein. Ilustración descubierta gracias a @molinos1282

Estas semanas de mayor tranquilidad son siempre una oportunidad para aligerar la lista de lecturas pendientes que van acumulándose durante el período laboral. Soy un lector empedernido, siempre tengo dos o tres libros abiertos a la vez, pero no siempre puedo terminarlos lo rápido que quisiera. Si en una jornada normal consigo sacar más de una hora para leer, lo considero un éxito. En mi tiempo libre, los libros compiten con la familia, la escritura, Inernet y el necesario descanso, pero nunca cejo en mi empeño. Ya saben: leer perjudica gravemente la ignorancia.

Este verano tengo en mi mesa cuatro obras realmente buenas, de muy diversa naturaleza. En el apartado de ficción española, estoy disfrutando de una novela largamente demorada. Se trata de "El Corazón de Piedra Verde", de Salvador de Madariaga (1886-1978), primera de una serie histórica en la que, de manera ágil, brillante y detallada, se cuenta el encuentro de dos civilizaciones: la del México precolombino y la de la España de los conquistadores. Y lo hace con una muy rigurosa base histórica que se integra en el relato de manera admirable, dotándolo de enorme credibilidad. Uno no puede parar de leerla. Ya he encargado la segunda parte.

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En cuanto a literatura anglosajona, recomiendo una obra trepidante, hipnótica, donde se mezclan leyenda y realidad en el marco de la esclavitud estadounidense. Me refiero a "Underground Railroad", de Colson Whitehead (ganador del Pulitzer y del National Book Award). El "Ferrocarril Subterráneo" (en inglés, Underground Railroad) fue una red clandestina organizada en el siglo XIX en Estados Unidos y Canadá para ayudar a los esclavos afroamericanos a escapar de las plantaciones del sur hacia estados libres o territorio canadiense. 

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El nombre de "Ferrocarril Subterráneo" se debe al hecho de que sus miembros utilizaban metafóricamente terminología ferroviaria para referirse a sus actividades. En la novela, esa terminología no es tan metafórica. Y no digo más.

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Entrando en el terreno de la no ficción, estoy leyendo dos libros muy interesantes. El primero es un buen regalo de un amigo, "Los orígenes de la Leyenda Negra española", conjunto de estudios históricos del hispanista sueco Sverker Arnorldsson que supusieron un cambio radical en la percepción general de la llamada Leyenda Negra, arrojando luz sobre un fenómeno sometido a insoportables cotas de deformación histórica. Revelador.

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Para terminar esta tetralogía de lecturas, quisiera compartir con ustedes un reciente hallazgo: “It's Our Turn to Eat: The Story of a Kenyan Whistle-Blower", de Michela Wrong. Cuenta la historia de John Githongo, que expuso la corrupción endémica de Kenia después de la caída (tras unas elecciones democráticas) de Daniel Arap Moi, protagonista absoluto de la política poscolonial keniata durante décadas. Githongo fue designado por el gobierno del sucesor de Moi,  Mwai Kibaki, para erradicar la corrupción del país. Pese a las enormes esperanzas iniciales, pronto descubrió que en el nuevo régimen nada había cambiado: era el turno de los recién llegados para beneficiarse de su parte del pastel. Denunciarlo le costó el exilio. Una lección universal, extrapolable a todos aquellos regímenes donde las élites políticas, económicas e intelectuales se alían para perpetuarse en el poder por la vía de sistemas extractivos y/o corruptos. No dejen de leerlo; resulta tremendamente actual.

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Les animo a compartir sus lecturas estivales y a persistir en este hábito maravilloso. Como decía  Confucio:

No importa lo ocupado que piensas que estás, debes encontrar tiempo para leer, o entregarte a una ignorancia autoelegida.