¿Pará que sirve predecir si no hay brújulas? El valor de la prospectiva

Dedicado a J, Alfredo y José Luis,
compañeros de fatigas

Hace unos días escribí una entrada en el blog sobre la coyuntura de incertidumbre radical y transformación cáotica que iba a marcar la tónica de los próximos meses de 2026. Un escenario, apuntaba, en el que no solo desconocemos los posibles resultados, sino que también han dejado de ser fiables los marcos con los que solíamos anticiparlos. En este contexto, por tanto, las predicciones categóricas no son análisis; son actos de fe.

A propósito del artículo, mantuve una interesante conversación con un grupo de compañeros y amigos, todos con la cabeza muy bien amueblada. Uno de ellos comentó que sería un buen ejercicio leer mi artículo dentro justo de un año para saber qué ha sucedido, sin base actual para poder hacer alguna previsión. Esa es la cuestión, respondió otro: ¿de qué vale hacer predicciones?. Intervine explicando que, en mi opinión, el ejercicio predictivo es imprescindible para analizar dinámicas, escenarios y posibles respuestas, y así tener un marco de referencia sobre el que reaccionar a los acontecimientos. Hoy más que nunca.

“La edad me ha hecho escéptico. No recuerdo una predicción que aguantase su compara con la realidad a medio plazo. Profecías a descontar en el fututo”, me respondió.

Entiendo perfectamente esa postura: en un entorno de incertidumbre radical, la predicción pierde valor porque el problema ya no es estimar probabilidades, sino reconocer, como expliqué al principio, que los propios marcos de referencia han dejado de ser estables. Cuando los cambios son simultáneos, no lineales y sistémicos (tecnológicos, geopolíticos, económicos y sociales), extrapolar el pasado no solo es insuficiente: puede ser engañoso.

No obstante, precisamente ahí es donde el ejercicio prospectivo se convierte en una herramienta crítica. No busca acertar qué va a ocurrir, sino explorar qué podría ocurrir y, sobre todo, qué implicaciones tendría. La prospectiva no reduce la incertidumbre; la ordena. Obliga a identificar variables clave, puntos de ruptura, dependencias ocultas y decisiones irreversibles. Sustituye la falsa precisión de la predicción por una comprensión más robusta del espacio de posibilidades.

Además, la prospectiva desplaza el foco desde el resultado hacia la capacidad de respuesta. En contextos radicalmente inciertos, la ventaja competitiva no reside en anticipar el escenario exacto, sino en diseñar organizaciones, políticas y estrategias que funcionen razonablemente bien en varios escenarios plausibles, y que puedan pivotar con rapidez cuando la realidad se desvíe.

Por último, el ejercicio prospectivo introduce una disciplina intelectual esencial: aceptar la ignorancia informada. Reconocer lo que no sabemos no es una debilidad analítica, sino una condición para tomar mejores decisiones. En tiempos normales se premia al que predice; en tiempos de incertidumbre radical, al que piensa en escenarios, gestiona opciones y preserva grados de libertad. Esa es, hoy, la forma más sólida de crear valor.

2026: cuando las brújulas ya no funcionan

En febrero de este año que finaliza impartí una breve conferencia en Cionet España sobre coyuntura global. Quise resumir en una frase los dos elementos clave de 2025 y la escribí sobre un fondo con un cuadro de Jackson Pollock: incertidumbre radical y transformación cáotica iban a marcar el paso de los siguientes meses, como así ha ocurrido.

Entramos en 2026 con esta dinámica absolutamente desatada: un escenario en el que no solo desconocemos los posibles resultados, sino que también han dejado de ser fiables los marcos con los que solíamos anticiparlos. Las reglas básicas que orientaban la geoeconomía global —comercio, fiscalidad, política monetaria— se han vuelto contingentes, volátiles y, cada vez más, abiertamente instrumentales. A ello se suma la disrupción tecnológica introducida por la inteligencia artificial, cuyo alcance y velocidad no admiten analogías cómodas con transiciones pasadas.

La consecuencia es inquietante pero muy clara: los modelos fallan no porque estén mal calibrados, sino porque se alimentan de un pasado que ya no sirve de guía. El riesgo, medido sobre patrones históricos, deja de ser una variable cuantificable y se convierte en una hipótesis narrativa. En este contexto, las predicciones categóricas no son análisis; son actos de fe.

Como apunta Clive Crook en un magnífico artículo en Bloomberg, 2026 se abre así como un año bisagra. Podría consolidar una fase de fragmentación económica, choques políticos y ajustes desordenados. O, en sentido contrario, podría marcar el inicio de un salto de productividad tan profundo que diluya —al menos temporalmente— los errores de la política y las tensiones geopolíticas. Ambas trayectorias son plausibles. Ninguna es demostrable hoy.

Lo expliqué hace unos años en Sintetia: la reacción de las sociedades ante estas coyunturas complejas e inciertas surge siempre del miedo y de la ansiedad ante lo incomprensible. Del miedo salen tanto las trincheras ideológicas como los relativismos más radicales, la intolerancia, la banalidad argumental, la violencia física y psicológica. También la incapacidad para pensar críticamente, la apatía y el abandono cívicos, el desinterés por todo aquello que no sea la satisfacción personal y el entorno inmediato. Y frente al vértigo paralizante, debemos ser rebeldes del conocimiento, con voluntad tozuda de comprender y de compartir.

Ante la incertidumbre radical, la respuesta racional no es el inmovilismo ni el alarmismo, sino la prudencia estratégica: flexibilidad, diversificación, margen de maniobra y capacidad de adaptación rápida. Cuando el futuro no puede calcularse, la ventaja no está en acertar el pronóstico, sino en estar preparado para escenarios que aún no sabemos formular.

En 2026, más que nunca, gestionar, gobernar y decidir consistirá en eso. A por ello, feliz Año Nuevo.

Inflación: evolución y tendencias

La inflación se ha instalado en nuestra realidad económica con una brutalidad insospechada, especialmente si atendemos a lo que nos contaban los gobernadores de los bancos centrales, muchos analistas y representantes políticos en plena salida de la pandemia, cuando las presiones inflacionistas eran evidentes, pero ellos insistían en su transitoriedad e impacto limitado.  

Mi último artículo en Sintetia hace un recorrido analítico sobre la evolución reciente y posibles tendencias de la inflación global durante 2023. Hay que ampliar la perspectiva para entender mejor lo que pasa.

La volatilidad e incertidumbre siguen siendo máximas.

Leer: Una historia de inflación

Apuntes sobre la inflación de diciembre.

La tasa anual de la inflación subyacente se eleva 6 décimas en diciembre (dato adelantado), hasta el 6,9%, superando la inflación general. Sigue muy elevada, no es un dato bueno.

En variación MENSUAL, suben tanto la general (+0.3) como la subyacente (+0,8). La inflación subyacente es un indicador más preciso de coyuntura presente que el dato general, ya que muestra los cambios que se producen en los precios en el corto y en el medio plazo, eliminando efectos volátiles. Y estos son los que nos afectan de lleno a los ciudadanos.

En el contexto actual, la inflación general está afectada por topes, subvenciones, bajadas extraordinarias de impuestos y cálculos aún incompletos de los precios que pagan las familias por la energía y otros factores. Su reducción es buena señal porque nos marca la tendencia de los próximos meses y contribuye a anclar las expectativas, pero no impactará de lleno en los hogares mientras la subyacente no se modere, y ya vemos que por el momento no lo hace. Por tanto, seamos prudentes en nuestros análisis y no nos precipitemos al sacar conclusiones.

El Instituto Nacional de Estadística (INE) publica también otro dato muy relacionado con la complicada coyuntura económica actual: el ahorro de los hogares, que prosigue con su caída. La tasa de ahorro sin efectos estacionales y de calendario es del 5,7% de su renta disponible, 2,7 puntos inferior a la del trimestre anterior.

Habrá que estar muy atentos a la evolución de esta coyuntura durante los próximos meses. La ralentización económica combinada con alta inflación tiene un nombre muy feo.


Actualización: el dato definitivo de diciembre fue de un 7% en la subyacente, con un 15,7% la alimentación.

¿Qué factores influirán más en el consumo los próximos meses?

He sido invitado por la Asociación Nacional de Grandes Empresas de Distribución (ANGED) a participar en el Barómetro #Topcommerce, para compartir mi visión sobre los factores que más van a influir en el consumo en los próximos meses.

Aquí el acceso a las colaboraciones del Barómetro.

Una coyuntura global tremendamente complicada.

Desgraciadamente, se confirman las tendencias globales que apuntaba en mi artículo del mes de marzo en Sintetia : “Crisis, What Crisis?”:

  1. Los efectos de la invasión rusia de Ucrania tienen impacto mundial, especialmente en los más vulnerables.

  2. La política energética ha virado hacia la seguridad del suministro y la diversificación de las fuentes, y es un camino de no retorno.

  3. Del mismo modo, la seguridad alimentaria se ha convertido en otra prioridad estratégica.

  4. Se intensifica la carrera por las materias primas estratégicas, tierras raras, materiales críticos y productos básicos. Una carrera que no será amistosa y que augura inestabilidad en los países productores política e institucionalmente más débiles.

  5. Veremos cambios muy importantes en la gestión de las cadenas de suministro.

  6. Los estándares tecnológicos mundiales tienen más posibilidades de diverger. La competencia gana terreno a la cooperación, a ritmo acelerado.

  7. Los efectos en el sistema financiero son todavía imprevisibles: la volatilidad es la nueva normalidad.

  8. El gasto en defensa aumenta y lo seguirá haciendo en los próximos años.

  9. El ciberespacio es un escenario creciente de conflicto. Y el entorno espacial empieza a serlo también.

  10. La incertidumbre sigue siendo máxima; cualquier escenario es posible.

En estos momentos, no soy nada optimista: vamos a peor.

Los retos de nuestra dependencia del gas ruso

Es probable que la #UE pueda sobrevivir a una interrupción drástica de las importaciones de #gas ruso, pero el panorama se complica cuando se tienen en cuenta los mercados individuales de gas.

Utilizar toda la capacidad de importación disponible no es realista por al menos cinco razones:

1. La capacidad de producción y licuefacción es limitada
2. Cuestiones económicas y jurídicas relacionadas con la reorientación de los flujos de GNL
3. Precios elevados
4. Efectos secundarios en los países más pobres
5. Problemas intracomunitarios

La pregunta que se hace Bruegel: ¿Cómo puede Europa frenar la demanda de forma realista?

2022, el año que no fue: coyuntura, perspectivas e incertidumbres

2022 el año que no fue: coyuntura, perspectivas e incertidumbresha sido el título de la sesión que, un año más, impartí en Icade Asociación Profesional. Una revisión de los datos y previsiones que en cierta medida ya había anticipado en mi sesión del pasado julio 2021 de cara a una salida de la pandemia, y a la que he tratado de incorporar los problemas derivados de la guerra de Ucrania, de imprevisibles consecuencias.

Aquí tienen el vídeo completo de la presentación: