Energía y cuentos chinos

Continuando con mi anterior entrada sobre coyuntura energética, hoy comparto una elocuente imagen con ustedes: China no está sustituyendo el carbón; está añadiendo renovables sobre una base fósil que sigue siendo masiva. Esta es una de las claves menos comprendidas del nuevo escenario industrial y geoeconómico.

Como ya apunté en mi última conferencia de Pamplona, la energía ha dejado de ser solo una variable de coste para convertirse en un factor de poder. Hoy es, al mismo tiempo, una cuestión de competitividad industrial, seguridad económica y soberanía tecnológica.

China lo ha entendido bien. Su capacidad para fabricar a gran escala y a bajo coste sigue descansando, en buena medida, sobre una energía abundante, estable y barata, de la que el carbón resulta una parte esencial. Eso tiene implicaciones directas para sectores electrointensivos y estratégicos, desde el aluminio hasta el grafito, pasando por muchas cadenas de valor vinculadas a la transición tecnológica.

Al mismo tiempo, conviene no caer en ingenuidades: buena parte de las tecnologías llamadas “verdes” exige procesos industriales intensivos en energía, materias primas y emisiones. Y, además, la nueva economía digital (centros de datos, inteligencia artificial, infraestructuras de cómputo) multiplica la necesidad de potencia firme y disponible.

Para Europa, este debate ya no es solo climático. Es industrial, estratégico y, en última instancia, civilizatorio. Si nuestras reglas erosionan la capacidad de competir de la industria electrointensiva, habrá que revisarlas con realismo.

La transición energética no es una sola transición. Es doble: descarbonización, sí, pero también infraestructura, redes, respaldo y capacidad. La resiliencia energética y la resiliencia tecnológica son ya dos caras de la misma moneda. En este contexto, el carbón está lejos desaparecer