2026: transición energética, pero menos
Para la Revista Science el imparable aumento de las energías renovables es el gran avance científico de 2025. Coincido en su enorme relevancia, pero eso no va a acelerar la transición energética, por diversos factores que explicaré brevemente.
La transición energética será más larga y compleja de lo previsto. La demanda global de energía crece por industria, la electrificación y los centros de datos. La energía sigue siendo un factor central de poder y competitividad, y más en el contexto actual. Aunque las renovables despliegan con fuerza y se abaratan, su rentabilidad se estrecha. Cambios en subsidios y sobreoferta reducen retornos y reordenan los flujos de capital, afectando a las decisiones industriales a largo plazo. Algo que suele obviarse en el debate público sobre esta cuestión.
Los combustibles fósiles mantienen un sólido caso económico. La transición será prolongada y heterogénea: gas, petróleo y carbón seguirán desempeñando papeles distintos según regiones, recursos y prioridades económicas. Y más todavía en un mundo crecientemente polarizado
El carbón, en concreto, merece un análisis propio. Para muchos países es una reserva estratégica que garantiza energía abundante, barata y vital para su industria. China es el ejemplo paradigmático. Compra carbón barato a Rusia y lo usa para sostener una industria intensiva en energía y CO₂: aluminio, grafito (clave para la transición energética) y manufactura pesada, base de su ventaja en costes. La estrategia china responde a un desequilibrio interno: consumo doméstico débil por envejecimiento, alto ahorro y un sistema de protección social limitado. La salida sigue siendo inundar mercados externos con productos baratos.
EE. UU., por su parte, mantiene una posición muy favorable. La abundancia de combustibles fósiles y autonomía energética convierten a gas y petróleo en protagonistas de su transición y de su estrategia económica. Son factores positivos de poder, no obstáculos.
Además, las tecnologías “verdes” y digitales son altamente contaminantes y energívoras en su fabricación. La producción de estos insumos no se hará en Occidente por restricciones medioambientales; se deslocaliza donde la energía es barata y abundante. Las dependencias estratégicas resultan claras.
A esto se suma el auge de los centros de datos y la IA, que requieren enormes cantidades de electricidad estable y energía de respaldo (baterías). La geografía del poder económico se está redibujando alrededor del acceso a energía barata.
Para Europa, la energía es ya un grave problema de seguridad económica. Las industrias electrointensivas no pueden competir, la automoción entra en crisis y unas reglas mal diseñadas agravan el problema. Si el marco regulatorio daña la base industrial, debería revisarse.
La energía barata no es solo un factor económico: es una condición de la soberanía industrial y del poder. Y se está librando una batalla.