Soñando en Gibraltar

Esta es la historia de un sueño cierto.

Recuerdo que me hallaba en Gibraltar, era de día y lucía un sol radiante. Llevaba en la mano una raqueta y una pelota de ping pong mientras ascendía por un pedregal. No me pregunten por qué deduje que aquello era Gibraltar. En los sueños uno no se cuestiona esas cosas: simplemente se saben. Tampoco estaba claro el propósito de acarrear la raqueta y la pelota. Tal vez una mesa y un contrincante desconocido me esperaban en la cima para jugar un partido al aire libre con vistas al Estrecho, entre macacos curiosos. Bueno, esta última reflexión es una mera conjetura que no formaba parte de mi sueño.

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El caso es que subía con dificultad y sin pensar en nada, concentrado en el ascenso, hasta que se me cayó la pelota, que se alejó rebotando cuesta abajo con ese sonido inconfundible de las bolas de ping pong. Era, además, el único sonido audible en ese momento. Plic. Plac. Plic. Plac. Plic. Plic. Plac. La caída terminaba al cabo de unos metros en una poza de agua cristalina, pero la pelota, en lugar de flotar, se hundió inmediatamente con un rotundo plof, como si fuera una esfera de plomo macizo. Otra de las particularidades de los sueños es que cada uno tiene sus propias leyes físicas.

Aunque la poza parecía profunda, podía divisar claramente la pelota reposando en el fondo, gracias a la extraordinaria transparencia del agua. Descendí hasta el borde y me agaché para tocar la superficie. Aquel líquido, que tenía la cualidad del vacío sin serlo, no estaba ni frío ni caliente; resultaba raro pero agradable al tacto. Me desnudé sin aprensión, dispuesto a bucear y rescatar la bola. Esta vez mi capuzón no hizo ruido alguno, fue igual que sumergirme en un charco de silencio. Siempre he sido buen nadador y en el sueño no había perdido tal habilidad, así que alcancé la pelota en pocas brazadas. No tenía la densidad del plomo, pero seguía sin flotar. Lo asumí sin extrañeza, demorándome unos instantes en el fondo. Miré a mi alrededor. Nada había allí reseñable salvo una paz que me resultaba ominosa. Tenía que salir y seguir subiendo por el peñón. 

Al emerger de la poza, mi ropa había desaparecido. Fue una mera constatación, ni siquiera pensé en la causa ni en los posibles culpables. Solo me preocupaba la desnudez; en tales circunstancias, no podía proseguir. Decidí buscar ayuda y empecé a descender, en cueros y con las rocas lastimándome los pies. Para mi alivio, conseguí llegar pronto a un chamizo con hechuras de chiringuito playero. No puedo afirmar que hubiera playa, porque mi atención estaba totalmente centrada en sus ocupantes, un grupo de chicas jóvenes y bonitas que parecían estar celebrando una despedida de soltera. Bailaban, reían y cantaban en bañador al son de una música indeterminada. Llevaban el pelo adornado con diademas nupciales y bebían cerveza. Me acerqué y saludé con cierta vergüenza, medio oculto tras una de las perchas de madera que sostenían el entoldado. Me miraron sin sorpresa ni aprensión, manteniendo el espíritu festivo. No me preguntaron nada, sólo sonrieron, como si mi presencia allí fuera lo más natural del mundo.

“Quiero encontrar un poco de ropa y llamar para que me vengan a recoger”, pedí. “Ropa no tenemos salvo la poca que llevamos puesta”, apuntó una de ellas, “pero te podemos prestar un teléfono, incluso acercarte donde quieras. Y también invitarte a una cerveza”. Sonreí encantado y les agradecí el detalle. “Con la llamada y la cerveza bastará”, respondí. Me alcanzaron una Coronita helada y un teléfono móvil de pantalla enorme, embutido en una aparatosa funda de pedrería. Tecleé feliz el número de casa. Estaba ya sonando el tono de llamada, cuando me di cuenta de algo: me hallaba completamente desnudo, en un desconocido chiringuito de Gibraltar (¿?), en medio de una despedida de soltera, bebiendo y rodeado de chicas guapas con ganas de fiesta. La pala y la pelota de ping pong habían desaparecido de la escena.

“¿Cariño, eres tú?”, escuché al otro lado de la línea.

Sólo entonces comprendí que el sueño acababa de terminar y estaba dejando paso a una casi segura pesadilla.   

Lecturas de verano 2018

  A Library by the Tyrrhenian Sea, 2018 by Ilya Milstein. Ilustración descubierta gracias a  @ molinos1282

A Library by the Tyrrhenian Sea, 2018 by Ilya Milstein. Ilustración descubierta gracias a @molinos1282

Estas semanas de mayor tranquilidad son siempre una oportunidad para aligerar la lista de lecturas pendientes que van acumulándose durante el período laboral. Soy un lector empedernido, siempre tengo dos o tres libros abiertos a la vez, pero no siempre puedo terminarlos lo rápido que quisiera. Si en una jornada normal consigo sacar más de una hora para leer, lo considero un éxito. En mi tiempo libre, los libros compiten con la familia, la escritura, Inernet y el necesario descanso, pero nunca cejo en mi empeño. Ya saben: leer perjudica gravemente la ignorancia.

Este verano tengo en mi mesa cuatro obras realmente buenas, de muy diversa naturaleza. En el apartado de ficción española, estoy disfrutando de una novela largamente demorada. Se trata de "El Corazón de Piedra Verde", de Salvador de Madariaga (1886-1978), primera de una serie histórica en la que, de manera ágil, brillante y detallada, se cuenta el encuentro de dos civilizaciones: la del México precolombino y la de la España de los conquistadores. Y lo hace con una muy rigurosa base histórica que se integra en el relato de manera admirable, dotándolo de enorme credibilidad. Uno no puede parar de leerla. Ya he encargado la segunda parte.

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En cuanto a literatura anglosajona, recomiendo una obra trepidante, hipnótica, donde se mezclan leyenda y realidad en el marco de la esclavitud estadounidense. Me refiero a "Underground Railroad", de Colson Whitehead (ganador del Pulitzer y del National Book Award). El "Ferrocarril Subterráneo" (en inglés, Underground Railroad) fue una red clandestina organizada en el siglo XIX en Estados Unidos y Canadá para ayudar a los esclavos afroamericanos a escapar de las plantaciones del sur hacia estados libres o territorio canadiense. 

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El nombre de "Ferrocarril Subterráneo" se debe al hecho de que sus miembros utilizaban metafóricamente terminología ferroviaria para referirse a sus actividades. En la novela, esa terminología no es tan metafórica. Y no digo más.

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Entrando en el terreno de la no ficción, estoy leyendo dos libros muy interesantes. El primero es un buen regalo de un amigo, "Los orígenes de la Leyenda Negra española", conjunto de estudios históricos del hispanista sueco Sverker Arnorldsson que supusieron un cambio radical en la percepción general de la llamada Leyenda Negra, arrojando luz sobre un fenómeno sometido a insoportables cotas de deformación histórica. Revelador.

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Para terminar esta tetralogía de lecturas, quisiera compartir con ustedes un reciente hallazgo: “It's Our Turn to Eat: The Story of a Kenyan Whistle-Blower", de Michela Wrong. Cuenta la historia de John Githongo, que expuso la corrupción endémica de Kenia después de la caída (tras unas elecciones democráticas) de Daniel Arap Moi, protagonista absoluto de la política poscolonial keniata durante décadas. Githongo fue designado por el gobierno del sucesor de Moi,  Mwai Kibaki, para erradicar la corrupción del país. Pese a las enormes esperanzas iniciales, pronto descubrió que en el nuevo régimen nada había cambiado: era el turno de los recién llegados para beneficiarse de su parte del pastel. Denunciarlo le costó el exilio. Una lección universal, extrapolable a todos aquellos regímenes donde las élites políticas, económicas e intelectuales se alían para perpetuarse en el poder por la vía de sistemas extractivos y/o corruptos. No dejen de leerlo; resulta tremendamente actual.

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Les animo a compartir sus lecturas estivales y a persistir en este hábito maravilloso. Como decía  Confucio:

No importa lo ocupado que piensas que estás, debes encontrar tiempo para leer, o entregarte a una ignorancia autoelegida.

Coplilla económico-lentejera

Gráfico de @javiergec

La economía encontró
que su rumbo había perdido.
Por los púlpitos buscaba
un timonel precavido.

¿Dónde te fuiste cordura
que me dejaste así en vilo?
Y la cordura callaba
desde su cárcel de olvido.

Y el déficit sollozaba
por aquel rigor perdido.
¿Dónde está el país vibrante
que habíamos conocido?

No dejéis que se nos pierda
entre tanto pan y circo.

El Catalán Soñador (Un Cuento de Independencia Ficción)

El catalán accidental soñaba que era un Catalán Excepcional.

Despojado de españolidades e históricas cargas opresoras, destacaba por su brillante singularidad y su mucho oropel. En la puerta de entrada de su casa alguien había colgado una gran estelada resplandeciente; en lugar de malos augurios de cenizos, se escuchaba una cancioncilla que repetía aquello de “tendrás riqueza, tendrás amor, tendrás amigos”, e interminables filas de compatriotas cantaban felices por la calle, celebrando la libertad recobrada.

Sin embargo, en sus jornadas cotidianas no había demasiada música. Ninguna bandera colgaba de la puerta y la realidad era más bien gris, a veces lamentable. Fuera del sueño, tan solo las ilusiones de un hombre corriente, lleno de afanes, modestos triunfos, algunas derrotas y con problemas para llegar a fin de mes. Y sobre todo, sin resplandores.

El catalán accidental soñaba que quería ser un Catalán Excepcional. Que alguien le acariciaba las mejillas, que sentía una leve presión de unas manos vagamente conocidas y que esas manos le entregaban su catalanidad y una bolsa de monedas de oro. No podía ver de quien eran, pero le hubiera gustado que pertenecieran a su madre, inmigrante y limpiadora de oficio, que odiaba la política tanto como amaba a su familia. Soñaba que con su primer sueldo de catalán recién emancipado y enriquecido compraba una casita tranquila a pie de playa para esa mujer que nunca había disfrutado del mar como debía, pero entonces abrió los ojos y solo pudo verse a sí mismo tirado en la cama de su apartamento, recién soñado. Afuera, el cielo de todos los días.

El catalán accidental soñaba que por fin era Catalán Excepcional, pero que aparte de ello, a él no le pasaba nada más. Y como estaba rodeado de recuerdos marchitos, de frases prometedoras, de imágenes desvaídas, de anhelos frustrados, seleccionaba vídeos de Internet y visualizaba aquellos momentos de arrobo popular entre gritos y banderas, repitiendo los antiguos llamamientos, los llamativos gestos y los lemas. Despertó para recordar que la fiesta había terminado y que en ninguna camiseta de la tierra prometida figuraba ni su nombre ni su dirección. A esas horas, todos andaban a lo suyo. Especialmente los de arriba.

El catalán accidental pensó que sería mejor seguir soñando, sólo por soñar que ya era un Catalán Excepcional. Intentó de nuevo cerrar los ojos, pero estos se le resistían. Intentó recurrir a la memoria, pero sólo acudían imágenes tan ordinarias como el cielo de afuera. Ese día descubrió como era el insomnio del Catalán Excepcional. O del No-Español.

Al cabo de unas horas, o de unos segundos, el catalán accidental se encontró soñando que era un ciudadano más, algo gris, acomodaticio y protestón. Que su madre no le acariciaba las mejillas y que se había esfumado para que le fuera imposible comprarle la casita marinera o compartir con ella las muchas celebraciones que debían ser celebradas. El catalán del sueño lloró por el abandono de su madre y por el rechazo de sus tan sentidos deseos. Decidió entonces buscar consuelo onírico en otra mujer más joven, que hubiera disfrutado del mar y llevara la fiesta bajo la piel. Pero la nueva mujer del sueño lo quería bien despierto y tuvo que dejar de soñarla. Antes, la quiso abrazar bajo las sábanas mientras le contaba los logros que había alcanzado, sin decirle que realmente eran los de otros. Pero ella, que no estaba para cuentos, se esfumó gritándole que ahí se quedaba con sus martingalas. Después de largo rato simulando un dolor inexistente, el catalán accidental que quería seguir soñando ser un Catalán Excepcional decidió no pensar más en ella.  

Cuando abrió los ojos, no podía recordar muy bien cómo era la independencia que había pergeñado en sueños (¡ah!, ¿pero era una independencia?). El descolorimiento y el silencio nocturnos le hacían tiritar y agobiarse. Tardó unos minutos en volver a dormirse, sumido en inquietudes. Fue entonces cuando resolvió que ese sueño de Catalán Excepcional no merecía tanto la pena de ser soñado pero que, de todas formas y puesto que no tenía nada mejor que hacer, permanecería en él, aunque con una variante: dedicándose a los números en lugar de a las proclamas.

Soñó que lo contaba todo. Ya que era un ciudadano de una nación reciente, cada quince minutos contaba los puntos de PIB y los millones que estaba ganando en su fulgurante y joven devenir. Empleos, puestos de trabajo, volúmenes de exportación…. A continuación trató de imaginar cuantos años podría disfrutar de esta bonanza y qué parte de ella le correspondería. Si seguía contando y soñando que era un Catalán Excepcional, podría disfrutar, sin ningún cargo de conciencia, de cualquiera de las grandezas inherentes a las mejores naciones e ir jugando a ser él mismo o a ser otro incluso mejor. De esta forma se ahorraría el insomnio de una vida demasiado normal, y ningún guardián de las esencias catalanas podría reprocharle nada.

Llegado a este punto, decidió soñar que era un catalán que se encaraba con Dios por haberle convencido de abogar en su nombre a favor de una incierta gloria patria, pues lo único que había conseguido era seguir viviendo igual que el resto de sus vecinos de casi todas partes. El Dios del sueño, compasivo, le daba la razón y le prometía (otro más, de nuevo) el cielo. Le otorgaba carta blanca para ser feliz desde ese instante hasta el fin de sus días, aunque no podría decirle con exactitud cuándo iba a ocurrir, pues estaba pactado que eso debía ser un secreto para todos los humanos, de momento. Y quedó tan convencido de las palabras de esta aparición divina, que por un momento pensó que quizás daba lo mismo estar soñando que despierto. O sea, que bien podía volver a abrir los ojos, ahora sí, sin temor. Pero cuando lo hizo y contempló por enésima vez el cielo rutinario a través de la ventana, recordó que para él no había promesas celestiales, porque hacía tiempo que andaba muy descreído.

Con tantos sueños y no-sueños, el catalán accidental que soñaba ser Catalán Excepcional empezaba a notarse escurridizo, raro, como de cera. Quizás porque todavía escuchaba el eco del “tendrás riqueza, tendrás amor, tendrás amigos”, aunque ya muy desvaído. Comenzaba a cansarse del personaje de su sueño y se dijo que lo iría matando poco a poco, o que en todo caso lo dejaría con la palabra en la boca o simplemente ridiculizaría sus patrañas. ¿Dentro o fuera del sueño? Ya no era capaz de decidir ni eso.

El catalán accidental que soñaba que era Catalán Excepcional cada vez tenía más dificultades para dejar de soñar. Hasta que un día varias arañas que habitaban en su techo le tejieron una red, pero no a modo de bandera, sino de cortina, cubriendo la ventana hasta tapar la ordinaria visión del cielo y atenuar los ruidos del exterior. Fue entonces cuando estuvo en condiciones de escuchar el timbre de su teléfono, que hacía rato que sonaba, y constatar que alguien le informaba de que no había cumplido sus obligaciones fiscales con la Nueva Hacienda, y de que procederían a embargarle. Tal vez incuso a desahuciarle.

El catalán accidental que soñaba ser Catalán Excepcional reconoció su nombre pero rechazó la deuda, alegando que quería seguir soñando. O quizás es que, en realidad, pretendía seguir visionando videos y participando mentalmente en aquellas maravillosas manifestaciones ciudadanas. De manera anónima, feliz, sin responsabilidades.

El catalán soñador había aprendido que todo aquello que soñaba, incluso una sola vez, le quedaba para siempre grabado en la memoria. Como si lo hubiera vivido. Y sin necesidad de sufrir el doble.