Más reflexiones sobre lenguaje y política

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Hace tiempo reflexioné, en clave cuántica, sobre cómo el muy deficiente uso del lenguaje en política contribuye de forma importante al sombrío panorama económico actual. Mencionaba entonces un magistral artículo de George Orwell ("Politics and The English Language") sobre esta misma cuestión.

Orwell proporciona un ejemplo magnífico de lo que ocurre cuando el moderno lenguaje político se apodera de la realidad. Utiliza para ello unos versos del Eclesiastés, un libro cuya lectura recomiendo sin reservas, puesto que trata de verdades concretas y completamente actuales. Los versos (muy lúcidos, muy cuánticos) dicen así:

Los contratiempos imprevisibles 9:11 Además, yo vi otra cosa bajo el sol: la carrera no la gana el más veloz, ni el más fuerte triunfa en el combate; el pan no pertenece al más sabio, ni la riqueza al más inteligente, ni es favorecido el más capaz, porque en todo interviene el tiempo y el azar.
El mismo texto, reconvertido al lenguaje moderno, podría acabar siendo algo como esto:
Consideraciones objetivas sobre los fenómenos contemporáneos llevan a la conclusión de que el éxito o el fracaso en actividades competitivas no suele estar en proporción con las capacidades innatas, bien al contrario, un considerable componente de azar debe ser tenido en cuenta invariablemente.
Esto es: el pan mediático nuestro de todos los días.

Pequeñas motivaciones de andar por casa

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Una actitud positiva vale más que cien manuales de autoayuda.

El filósofo estadounidense William James afirmaba que los seres humanos, mediante el cambio de nuestra actitudes internas, podemos modificar los aspectos externos de nuestras vidas. Aunque no consigamos influir en todas las circunstancias que nos rodean, creo sinceramente en la idea expresada por James. El propio refranero popular lo corrobora cuando nos pide que pongamos buena cara al mal tiempo. Y es así.

Regresar al trabajo y al trajín cotidiano después de un merecido descanso vacacional forma parte de nuestra normalidad, y como tal deberíamos asumirlo. Sin entrar en circunstancias personales, que uno tenga salud y pueda trabajar constituye, ya de por sí, un motivo de satisfacción en los duros tiempos que corren. Una vez interiorizado este hecho, tan sólo hacen falta algunos empujones adicionales para arrancar la jornada de manera favorable. En este sentido, soy un firme defensor de las rutinas íntimas. Me refiero a esas modestas costumbres y satisfacciones que nos permiten calentar el motor vital y esbozar la primera sonrisa del día. Debemos cultivarlas y promoverlas.

En mi caso, siempre me levanto más temprano de lo necesario para poder asearme y desayunar sin prisas. Salto de la cama con buena disposición. Preparo la ropa que me voy a poner, bebo un gran vaso de agua y antes de ducharme dejo lista la mesa del desayuno, que en mi caso es copioso: un plátano, un bol de cereales, tostadas o galletas y café. Me afeito escuchando las primeras noticias del día y sigo con ellas en la radio mientras como con tranquilidad y curioseo las últimas actualizaciones en mi timeline de Twitter. Arrancar la jornada con parsimonia me ayuda a acelerar más tarde.

He aquí un pequeño ceremonial que funciona. Otros seguirán sus propias y efectivas rutinas; el objetivo es contribuir a la creación de una corriente positiva que nos ayude a sobrellevar las dificultades y obligaciones diarias. Dicho lo cual, siento una tremenda curiosidad por saber qué les funciona a ustedes.

"No está"

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Para Luciano, in memoriam

“No está”, me dije.

Así. En un instante, hurtado su cuerpo de la materialidad del mundo, arrancada su voz de mi partitura cotidiana, extinguido su olor en la frontera de las cosas. No estaba.

Se fue, pero nada se detuvo. La vida prosiguió inexorable para los que todavía permanecimos, nos negó el respiro de un dolor quieto y paciente, el consuelo de una foto fija ante la que suspirar hondo y ofrecer un adiós más consistente y mejor hilvanado. Nos aturulló con papeles y ruidos, nos acogotó con las rutinas administrativas de la muerte y un puñado de urgencias insoportablemente triviales.

No está, pienso ahora, y sigo braceando en el vacío, tratando de recrear una última caricia. Los silencios se llenan de palabras no pronunciadas, los pensamientos de intenciones nonatas y en cada esquina habita una certitud de ausencia. Su voz en el contestador me anima a responderle más allá de toda esperanza y su último correo en la bandeja de entrada cobra hechuras de epitafio. No está, pero nunca estuvo tan presente. Es entonces cuando me doy cuenta: no se ha ido.

Lo advierto camuflado en mi rutina mañanera ante el espejo, guiñándome tras alguno de mis gestos, tan suyos. Me acompaña discreto cuando observo el mundo, cuando disfruto de la música que a ambos os gustaba, cuando leo las últimas palabras de nuestros columnistas preferidos. Advierto con emoción como pervive también, rotundo, en los ojos de mi hija y en tantos otros afectos familiares. Siento su pulso en ese reloj preferido que ahora porto, y escucho en silencio su viejo consejo ante nuevos azares. El dolor parece así menos árido, una carga algo más mullida y confortable, aunque dolor al fin y al cabo.

Y no. No se ha ido.

Su materia ha estallado por doquier en cuantos de luz, en polvo de estrellas sobre objetos, ideas, sueños, querencias, transformada para siempre en parte inextricable de nuestra existencia, hasta que el universo quiera y nos olvide a todos.

No se ha ido.

Está, y Einstein era un puto genio.  

La vida en las trincheras

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Tras los terribles ataques en Barcelona y Cambrils y de unos voluntariosos amagos iniciales de unidad, parece que estamos entrando en un final de agosto triste y canicular en todos los sentidos. Un período en el que volveremos a estar condenados a malvivir dentro de las trincheras ciudadanas, por culpa de un marasmo ético y político que nos retrotrae a las peores épocas de desencuentro patrio...

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