Más reflexiones sobre lenguaje y política

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Hace tiempo reflexioné, en clave cuántica, sobre cómo el muy deficiente uso del lenguaje en política contribuye de forma importante al sombrío panorama económico actual. Mencionaba entonces un magistral artículo de George Orwell ("Politics and The English Language") sobre esta misma cuestión.

Orwell proporciona un ejemplo magnífico de lo que ocurre cuando el moderno lenguaje político se apodera de la realidad. Utiliza para ello unos versos del Eclesiastés, un libro cuya lectura recomiendo sin reservas, puesto que trata de verdades concretas y completamente actuales. Los versos (muy lúcidos, muy cuánticos) dicen así:

Los contratiempos imprevisibles 9:11 Además, yo vi otra cosa bajo el sol: la carrera no la gana el más veloz, ni el más fuerte triunfa en el combate; el pan no pertenece al más sabio, ni la riqueza al más inteligente, ni es favorecido el más capaz, porque en todo interviene el tiempo y el azar.
El mismo texto, reconvertido al lenguaje moderno, podría acabar siendo algo como esto:
Consideraciones objetivas sobre los fenómenos contemporáneos llevan a la conclusión de que el éxito o el fracaso en actividades competitivas no suele estar en proporción con las capacidades innatas, bien al contrario, un considerable componente de azar debe ser tenido en cuenta invariablemente.
Esto es: el pan mediático nuestro de todos los días.

La vida en las trincheras

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Tras los terribles ataques en Barcelona y Cambrils y de unos voluntariosos amagos iniciales de unidad, parece que estamos entrando en un final de agosto triste y canicular en todos los sentidos. Un período en el que volveremos a estar condenados a malvivir dentro de las trincheras ciudadanas, por culpa de un marasmo ético y político que nos retrotrae a las peores épocas de desencuentro patrio...

Leer el artículo completo en Ecoonomía de Crónica Global.

La insoportable levedad del lenguaje económico en la política

Las implicaciones cuánticas del lenguaje político, especialmente cuando se adentra en el territorio económico, son innegables: la concreción desaparece, las órbitas de la veracidad se convierten en nubes borrosas e indefinidas, y una cosa y su contraria resultan posibles.

Hemos escuchado a infinidad de políticos lanzar promesas basadas en humo, hacer números imposibles, insitir en su compromiso de "lucha" contra ese gigante llamado crisis (como si fuere algo ajeno de lo que no formaran parte) y repetir hasta la saciedad que todos (o algunos) deben "afrontar sacrificios" para derrotarlo. Desde luego, muchos ciudadanos hubieran preferido oír algo así como "esto y lo otro es lo que vamos a hacer y nos va a costar tanto en tiempo y dinero y requerirá tales y cuales sacrificios por parte de fulano y zutano...".

Más duro ha sido comprobar que lo que "no estaba en la agenda" se ha anotado en ella apresuradamente y perpetrado sin dilación. Lo que "en absoluto podía ser" ahora no sólo ha resultado posible sino necesario y recomendable. Lo antaño denostado ahora es virtuoso, y se nos vende como algo bueno para el porvenir. Sí pero no pero todo lo contrario.

Nunca tanto como en estos tiempos han sido los políticos narradores y hacedores del devenir económico. Son como ese "autor", muy cuántico, al que se refería mi colega Fernando Castelló en un magnífico artículo suyo titulado "Si Gaarder fuese economista":

"Desarrollamos erráticos comportamientos (demanda, producción, ahorro, inversión), a partir de los estímulos que ese autor narra por nosotros, como personajes de esa gran obra que está escribiendo".

En el caso que nos ocupa, se trata de una obra bastante pobre, repleta de errores e intereses que trascienden con creces el tantas veces aducido bien común. En un contexto donde la información sobre el dinero es más valiosa que el dinero en sí, en el que dicha información viaja además en tiempo real y se amplifica en la cacofonía de las redes sociales, el poder conformador o destructor del lenguaje es enorme. Ello exige de nuestros dirigentes sencillez y concreción en sus manifestaciones. Cuestiones concretas planteando resultados concretos y contrastables, no cuánticos.

En un ensayo antológico ("Politics and The English Language"), George Orwell reflexionaba sobre el mal uso de la lengua inglesa:

"La dejadez de nuestro lenguaje contribuye fácilmente a que tengamos pensamientos estúpidos".

Todo ello es perfectamente aplicable a nuestro maltratado lenguaje económico. Y añado yo: cuando dichos pensamientos corresponden a quenes pretenden gobernar nuestro país, los ciudadanos corren un serio peligro.

¿España 2016?

"Érase una vez cuatro personas que se llamaban: todo el mundo, alguien, cualquiera y nadie. Había un trabajo importante para hacer y todo el mundo estaba seguro que lo haría alguien. Cualquiera podía hacerlo, pero no lo hizo nadie. Sin embargo, alguien se enfadó porque era trabajo de todo el mundo. Todo el mundo pensó que cualquiera podría hacerlo, pero nadie se dio cuenta de que todo el mundo no lo haría. Al final todo el mundo culpó a alguien cuando nadie no hizo lo que cualquiera podría haber hecho"

Josep María Renter